Fumó otra calada de su cigarrillo, mientras le daba la espalda. La luz era tenue. La ampolleta de ahorro de energía era de bajo voltaje, por lo que la penumbra dominaba gran parte de la habitación. El humo parecía dibujar una serie de formas en el aire, pero al final, solo era humo tóxico, tan tóxico como la conversación que estaba sosteniendo.
- -
¿De
cuál actitud me hablas?
- -
De
esa misma. Esa con la que me estás hablando en este mismo momento. ¿Acaso no te
das cuenta?
- -
No.
¿Qué hay de ti?
- -
No
estamos hablando de mí, estamos hablando de ti. ¿Cómo no te das cuenta que tu
actitud, siempre disconforme, defensiva y huraña me está haciendo daño?
-
-No
se dé que hablas. Yo te amo a mi manera. Pero si no te gusta, me puedo ir.
-
-¿Así
de sencillo?
-
-Así
de sencillo. No eres el único que está ahí. Hay otros.
-
-Entiendo.
Entonces, esto siempre fue así. Debería haber entendido, desde el principio que
esto estaba destinado al fracaso. Pero me dejé llevar por la apariencia, por lo
externo. Si era tan fácil y sencillo mirar a tu interior y darme cuenta que no
había nada más que Displicencia.
-
-No
entiendo lo que me dices. Déjame en paz.
-
-Te
comportas como un Dios que no existe. .. No me escuchas.
La palabra Displicente, proviene del
latín, y según su raíz morfológica, es todo lo opuesto al placer. En otras
palabras, la finalidad es “desagradar”. ¿Y cómo podría ser beneficiosa ese tipo
de actitud en alguna relación? ¿Puede la simpatía que existía en principio, transformarse
en displicencia? La verdad es que no. La simpatía no se transmuta en
displicencia, y mucho menos en alguna variación antipática. Una sana forma de
relacionarse, siempre implica interés por el otro, apoyo, soporte, atracción.
La displicencia es todo lo contrario. Todo lo anterior se termina transformando
en un estorbo.
El ser desdeñoso, resulta muy
conveniente para algunas personalidades manipuladoras, pues generan de
inmediato una reacción de culpa en el receptor. Y la culpa producida, produce
sabrosos dividendos en el corto plazo para una persona con determinadas características psicológicas,
en las que resalta una personalidad narcisista y fatua. En este tipo de
situaciones, una persona con problemas de auto estima, podría fácilmente verse
expuesta a un desgastante ciclo de “ídolo-adepto”, en donde el riesgo constante
es perder la gracia del ser supremo, si deja de hacer los esfuerzos que le
caracterizan, o peor aún, recibir algún castigo, dependiendo cual haya sido
nuestra osadía.
¿Se ha sentido a veces, como un súbdito
tratando de calmar las furias de un Dios furioso?
¿Debe hacer cada vez sacrificios más
grandes en pro de mantenerse al lado de alguien?
Relacionarse sanamente, es el
producto de la comunicación, la confianza, el apoyo y la admiración por el
otro. Lo contrario, de seguro nos va a doler.